Exposicion “Danzas y ritos”. Isabel Muñoz

Inauguración 23 de febrero de 2012

Danzas y ritos

En su segunda exposición en Blanca Berlín Galería, Isabel Muñoz nos sorprende con la primicia de su  último trabajo,  inédito y muy personal. Desde los años 80, la fotógrafa había querido viajar a Papua Nueva Guinea para sentir el primitivismo de nuestros orígenes, que en algunos lugares, ya muy escasos, todavía pervive. Por fin ha hecho realidad sus deseos y nos muestra los resultados a través de estas vívidas imágenes llenas de movimiento, naturaleza y color. Hombres, mujeres y niños, pertenecientes a diferentes tribus, posan ante la cámara mirándonos desde sus profundos ojos. Van ataviados con sus mejores vestimentas: trajes realizados con todo tipo de follajes, animales y otros elementos naturales. Una indumentaría efímera que rezuma fuerza y vigor durante los días de celebración de sus atávicos ritos.

Nerea Ubieto. Diciembre, 2011

Esta exposición formó parte del festival Miradas de Mujeres 2012

Textos

PAPUA NUEVA GUINEA

Terra ignota hasta bien entrado el siglo XVI, Papúa Nueva Guinea forma parte de la mayor de las islas melanesias en el Pacífico oriental. Está habitada por centenares de etnias primitivas muchas de las cuales aun son desconocidas. En la actualidad, las tribus papúes no son muy distintas de lo que eran hace 40.000 años cuando pobladores asiáticos, polinesios y micronesios comenzaron a habitar aquellos territorios antes de que se produjera su desintegración de la placa continental australiana.

Papuwah, palabra que en malayo significa “rizado”, inspiró a navegantes portugueses y españoles quienes bautizaron la nueva tierra evocando el cabello de sus nativos. Mas tarde completaron la denominación inicial con “Nueva Guinea” por el parecido de los isleños con los oriundos de la costa occidental africana. Si bien España reivindicó la posesión de la isla hasta la firma del Tratado de Utrecht en 1714, el hecho cierto es que durante siglos, aquel territorio no significó mucho mas para Occidente que un perímetro dibujado en unas cartas de navegación y una llamada de atención sobre prácticas antropófagas. No hubo colonización y solamente comerciantes indios, chinos y portugueses se abastecían ocasionalmente de especias, té y café.

El mundo progresaba al margen de aquel lugar remoto e inhóspito por el que el tiempo no pasaba. El archipiélago melanesio no comenzó a despertar el  interés de las potencias europeas sino hasta bien entrado el primer tercio del siglo pasado. El impacto de la Segunda Guerra Mundial en las etnias papúes se limitó a que éstas adorasen a los pájaros de hierro que cruzaban los cielos con sus panzas repletas. Algunas llegaron a talar el ramaje alrededor de sus poblados construyendo pretendidas pistas de aterrizaje con la esperanza de que los dioses se posaran en ellas algún día y compartieran los preciosos tesoros que portaban en sus entrañas.

La accidentada topografía de la isla genera fuertes contrastes. Una cadena montañosa con cimas que superan los cuatro mil metros atraviesa la isla. Sus laderas se transforman  progresivamente en enormes extensiones de selva exuberante. Las Tierras Altas (Highlands) son zonas de bosque alto templado que se precipitan abruptamente sobre ríos encañonados que desembocan en espectaculares arrecifes de coral. No escasean los recursos naturales (oro, cobre, petróleo) pero la falta de infraestructuras impide su explotación. Los efectos de la deforestación por talas indiscriminadas debido a la demanda de madera son abrumantes. La tierra, por ser casi toda bosque y selva, no es arable y la caza no abunda. Las planicies no toleran los pastizales y los ríos apenas ofrecen pesca debido a la fangosidad de sus aguas. La agricultura se reduce a la de mera subsistencia y las cosechas de café, cacao, té, azúcar y coco son abundantes si no hay sequías, inundaciones, movimientos sísmicos o maremotos. Después de todo, la isla está dentro del Cinturón de Fuego del Pacífico. Cuatro de cada cinco papúes viven en la selva. La precariedad de sus condiciones vitales y la expansión del sida son factores que amenazan seriamente la esperanza de vida –una de las más bajas del planeta.

La diversidad geográfica de Nueva Guinea es solo comparable con su variedad tribal. El primitivismo de sus habitantes y la falta de cualquier comunicación terrestre, aérea o fluvial entre sus diferentes zonas han hecho que a lo largo de miles de años la cultura, las costumbres y las lenguas de los nativos se hayan mantenido incólumes, impenetrables. En una isla de tan escasa población se hablan más de 800 lenguas –algo más del diez por ciento de todas las que se hablan en el mundo.

La hostilidad del hábitat impide el progreso de las costumbres papúes y la evolución de sus pueblos. Se visten, se alimentan, aman, viven, sueñan, sufren, ríen y mueren de la misma manera que lo hacían sus antepasados hace 40.000 años. Pero ni la hostilidad del medio que les rodea ni sus cuarenta siglos de existencia ha impedido que los esforzados papúes sigan conservando los atributos innatos del ser humano con cultura y tradiciones propias.

Se defienden de las tribus enemigas armando sus dedos con puntas afiladísimas de plantas venenosas.

Muestran su valor atravesando los cartílagos de su nariz con colmillos de jabalí salvaje.

Seducen con primorosos tocados de plumas de pájaros pacientemente hilvanados con ramas, flores, restos vegetales, musgo y cabello humano.

Adornan sus cuerpos con lazos de ramas ensortijadas y hojas de árboles.

Se protegen del mal con mágicos talismanes que a guisa de centinelas preservan su nuca y sus espaldas.

Realzan su masculinidad ciñendo su pene con fundas secas de calabaza.

Espantan a los demonios camuflando sus cuerpos con un fango blanco evocador de los buenos espíritus de la selva.

Las tribus papúes, en fin, manifestación viva de nuestro propio ADN, han transcendido el paso del tiempo y se han hecho ya eternas.

J. A. Arcila